Desde mediados de los 50 se hace evidente la decadencia de la civilización europea, creando la necesidad de buscar diferentes culturas a la sacudida de la dominación y la conquista. “Cuando reconocemos el fin de una especie y de monopolio cultural estamos amenazados a la destrucción de nuestro propio descubrimiento, resultando posible que hallan otros y que no seamos mas que un otro entre otros. Se nos permite viajar entre varias civilizaciones como si fuesen ruinas y vestigios. Esta condición se ha empezado a considerar entonces como posmoderna. Esta pérdida del dominio de nuestra cultura anticipa la melancolía y el eclecticismo que inundan la producción cultural de nuestro tiempo; convirtiéndose no en un reconocimiento sino en una reducción a la indiferencia y la intercambiabilidad absolutas.

Nuestra identidad cultural, es decir la occidental está en juego, concluyendo que nuestra cultura no es ni tan homogénea ni tan monolítica como se consideró en algún tiempo. En conclusión como nos lo plantea Ricoeur, las causas de la desaparición de la modernidad radican tanto dentro como afuera.

La autoridad de la obra de arte se basaba en la universalidad de la estética moderna atribuida a las formas representadas para la interpretación visual por encima de las diferencias de contenido debidas a la producción de obras en circunstancias históricas concretas más que de representar visiones autenticas del mundo. La obra posmoderna busca una estabilidad alternada con la posición de dominio, buscando la introducción de la heterogeneidad, la discontinuidad y la glosolalia, supuestamente causando la crisis de del sujeto de representación.

Los posmodernistas exponen la tiranía del significante, la violencia de su ley; ¿quién en nuestra cultura es mancillado por el significante? Aquello que excede: que trasgrede la figura de toda posible representación no puede ser en última instancia más que la ley, lo cual nos obliga como concluye Derrida; a pesar de un modo por completo diferente.

La manifestación posmodernista tiene lugar entre la frontera de lo que puede representarse y lo que no, para por medio de este sistema exponer y autorizar ciertas representaciones mientras prohíbe o invalida otras. Entre las prohibidas y a quienes se les niega toda legitimidad están las mujeres. Dicha prohibición se presenta a la mujer como el sujeto y rara vez como el objeto de representación.; puesto que desde luego no faltan las imágenes de mujeres. A fin de hablar de representarse a si misma una mujer asume una posición masculina; quizá esta sea la razón por la que se asocia a la femineidad con la mascarada, la falsa representación. Montrelay identifica las mujeres como la ruina de la representación, sin nada que perder; su representación occidental expone sus límites. La crítica feminista y la crítica posmodernista de la representación se cruzan.

Si uno de los aspectos más sobresalientes de nuestra cultura posmoderna es la presencia constante de una voz feminista, las teorías del posmodernismo han tendido ya sea a hacer caso omiso de esa voz o a reprimirla. La ausencia de escritos y comentarios sobre la diferencia sexual y la poca participación de mujeres en el discurso posmodernista llevan a pensar que el posmodernismo es una creación mas del hombre para excluir a la mujer.

A pesar de que los críticos masculinos respetan el feminismo en general rechazan el dialogo al que sus colegas femeninas tratan de incorporarles. Estas son acusadas de ser poco o demasiado profundas. El feminismo se asimila rápidamente a una serie de movimientos de liberación o autodeterminación. El feminismo no es entonces sólo visto como monolítico, supliendo así sus propias diferencias internas sino también postulando una vasta categoría indiferenciada. Los hombres no se muestran muy dispuestos a encarar los problemas sometidos a crítica por las mujeres; aunque esto sea también un problema de asimilación.

La moderna práctica feminista puede cuestionar la teoría y no sólo la teoría estética “no hay un discurso teorético aislado que vaya a ofrecer una explicación de todas las formas de las relaciones sociales o cada modelo de práctica política”.

La condición “No hay un discurso teorético aislado” es también posmoderna y feminista. Lyotard define un discurso como moderno cuando apela a uno u otro de esos grands récits para su legitimidad. El advenimiento de la posmodernidad señala una crisis en la función legitimadora de la narrativa.

El grand récit de Lyotard sólo podría traducirse por “narración maestra”, estando en juego no sólo la condición de la narrativa sino de la representación misma pues la edad moderna no fue solo la de la narrativa maestra sino también la de la edad de la representación según Martin Heidegger aunque sólo se publicase en 1952 como “la era de la imagen del mundo”. Planteando la transición a la modernidad como la sustitución de una imagen del mundo medieval por una moderna; sino más bien el hecho de que el mundo se convierta en una imagen es lo que lo distingue de la era moderna.

El acontecimiento fundamental de la era moderna es la conquista del mundo como imagen. La palabra imagen significa ahora la imagen estructurada que es la criatura de la producción del hombre que representa y coloca ante. Con esta producción el hombre lucha por la posición en la que puede ser ese ser concreto que da la medida y traza las orientaciones de todo lo que es.

Con el entrelazamiento de dichos hechos la transformación del mundo en una imagen y el hombre en un tema se inicia esa manera de ser humano que viriliza el reino de la capacidad humana que deja de medir y ejecutar, con el fin de obtener el dominio de lo que es como un todo. Los artistas contemporáneos logran simular la supremacía y manipular sus signos asociándola en el periodo moderno con el trabajo humano; degenerando hoy la producción estética en un despliegue de un trabajo artístico apasionado.

A la misma vez está el grupo de artistas que rechaza la simulación de la supremacía a favor de una contemplación melancólica de su pérdida; hablando de la imposibilidad de pasión en una cultura que ha institucionalizado el estilo propio.

El arte posmodernista habla de empobrecimiento atestiguando una negación deliberada de la supremacía. La estética moderna afirma que la visión es superior a los demás sentidos por el hecho de estar separada de los objetos. Los artistas posmodernistas no niegan este enunciado pero tampoco se apoyan de él. Sin tener en cuenta de la sobre posición de la vista ante los demás sentidos ha empobrecido las relaciones personales. Cuando la mirada domina el cuerpo pierde su materialidad transformándose en una imagen.

En conclusión la prioridad a la visión es un empobrecimiento sensorial aunque la crítica feminista vincula este privilegio de lo visual con lo sexual; los artistas masculinos han tenido que investigar la construcción social de la masculinidad; las mujeres han iniciado el proceso de la búsqueda y construcción de la femineidad, prolongando la vida del aparato representacional existente.

La gran mayoría de las prácticas posmodernas y su trabajo teorético sugieren una situación histórica supuestamente caracterizada por su completa indiferencia, hoy en día las artes visuales disuelven aspectos que en su momento eran de gran importancia como original y copia, auténtico o inauténtico, función o adorno; cada término contiene su contrario y su interminación trae consigo una imposibilidad de elección y equivalencia absoluta proporcionando una amplia intercambiabilidad de elecciones. El feminismo y su carga de diferencia nos lleva a reconsiderar absolutamente todo, donde un saludo en su imagen es equivalente a un hola, necesariamente claro esta desde una posición masculina: las mujeres han reconocido siempre la diferencia.